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jueves, 2 de julio de 2009

Atenas: cristalización de valores y emergencia de un nuevo orden

Si contemplamos la situación socioeconómica de aquellos tiempos desde una perspectiva genética, en la península del Ática hallamos el paradigma idóneo de movimiento perfectibilista que va emergiendo al aprovechar la influencia de pensadores singulares y de una tecnología al servicio de la mentalidad marinera y mercantil. El camino hacia la democracia impuso un orden jurídico-científico en detrimento de la imagen espiritual de una prerrogativa y una naturaleza definidora del orden social que emanaba de los antepasados y de la figura a ellos asociada, la ideación mitológica que cohesionaba el orden en torno a los iniciados, los elegidos y los que vencían en la batalla. La meritocracia reducida a un ámbito esencial, y de esta forma fácilmente podía ser gestionada por las élites. Atenas vio otro destello en medio del cambio. Es una de las ciudades más antiguas del Egeo, vinculada a los pelasgos, su población fue la síntesis entre diferentes pueblos indoeuropeos que invadieron la península en torno al año 2.000 a. C. Por tradición decimos que eran gentes jonias, y el testimonio de Solón parece corroborarlo, así como el de los griegos del Asia Menor, los cuales consideraban que de los jonios recibieron su lengua y nombre y las estructuras sociales de carácter tribal y gentilicio. Poseidón y Atenea fraguaron batalla por la posesión del Ática, y venció ésta última diosa para convertirse en su protectora en época del legendario monarca Erecteo, quien instituyó las fiestas de las Panateneas. Pero es Teseo la leyenda que constituye la explicación cosmogónica de Atenas. Él impuso la unidad en el Ática mediante un proceso de sinecismo y proclamó a Atenas como capital del Estado, dotándola de los edificios públicos esenciales. Esto, claramente, no responde a datos historiográficos sino a una imagen cosmogónica que define la identidad de la cultura ateniense y la sostiene con un mito fundacional. Teseo derrotó al minotauro, y de su sapiencia alquímica adquirida al superar éste la prueba del laberinto de Creta surgió en la Historia el germen de nuestra civilización. Era, pues, Atenas en sus inicios una monarquía establecida por los grandes linajes de la tradición, dos dinastías que se disputaban el trono: Erecteidas y Medóntidas. El paso de la monarquía a la aristocracia - tal y como ya vimos en la evolución de la sociedad micénica hasta la era arcaica - es un movimiento progresivo que ilustra la rivalidad entre los miembros de las élites. De hecho, podemos entender a la aristocracia como manifestación de esa necesidad de repartir el poder en favor de una mayor participación de individuos que pertenecen a la élite, lo cual - entendido como un complejo orden sistémico - requiere un mayor control de los actos y los pensamientos de cada uno de los miembros que componen esa esfera social. Sus miembros asumieron distintas funciones como magistrados: el Arconte epónimo, ejercía el poder ejecutivo. El Arconte basileus, conservaba las funciones religiosas. El Arconte polemarca, jefe del ejército y juez en procesos relacionados con los extranjeros. De forma paulatina se acentúa la división de los cargos y el número de Arcontes crece hasta los nueve miembros al añadirse seis más, apareciendo el Arconte Thesmóthetes, ejecutivos en la administración de justicia. Partiendo, pues, de un monarca, la Historia tiende a concretar las distintas funciones del poder y así alcanza mayor eficiencia en la gestión de una globalidad - unas necesidades únicas, similares, pero divergentes en cada individuo, comunidad, espacio y tiempo - que necesita, en cierto modo, ser reconocida en la pluralidad y la singularidad de sus partes. La vida política parece seguir la misma secuencia que la del árbol de las especies biológicas, imagen general del mecanismo que parte de la mitosis celular. Los arcontes que abandonaban su cargo - dotados de la experiencia y el conocimiento acumulado en su función - pasaban a constituir el Areópago, y en esa institución sometían a exámen a los magistrados y los supervisaban, velaban por el cumplimiento, conservación y mantenimiento de las leyes, administraban los asuntos importantes de la ciudad y castigaban a los delincuentes con multas pecuniarias o torturas físicas. Todo, en definitiva, encaminado a preservar el régimen aristocrático y a sus instituciones tradicionales. Existía una asamblea popular (Eklesía) con funciones muy limitadas, tal vez designaba a los magistrados. En las Naucrarías gestionaban la distribución y organización de cada circunscripción naval. Las distintas naucrarías proporcionaban al Estado una nave equipada para cualquier vicisitud militar o mercantil. Un organismo, en síntesis, que optimizaba sus fuerzas desde las partes hacia el todo, y viceversa, ensayo de democracia venidera que hasta llegado el momento continuaría sometido al orden jerárquico tradicional. La estructura social no tenía diferenciación alguna respecto al patrón gentilicio que organizaba y definía la identidad colectiva de los individuos en torno a las secuencias de ascendientes y descendientes. Las familias centraban todo el orden de la sociedad y el Ática quedó dividida en cuatro tribus - Gelcantes, Gicoreis, Argodeis y Hopletes - en función del parentesco. La honorabilidad y el prestigio dependía del linaje. Cada tribu tenía un jefe, la cual a su vez se dividía en tres “Fratrías” (hermandades) cuyos miembros se reconocían entre sí como parientes por ser descendientes de un antepasado común. Integrados en la estructura de la “fratría” estaban los “Orgeones” que se reunían en torno a un culto o divinidad, no obstante eran de origen extranjero y eran acogidos por alguna “fratría” que les proporcionaba el estatus de ciudadanía. Cada “fratría” se subdividía en clanes (Gene o Genos) constituidos por familias. Pocas de esas familias formaban parte de la aristocracia. En ese conglomerado de familias se distingue una desigualdad en base a la profesión o a las posibilidades económicas. Los “eupátridas” (bien nacidos) eran la aristocracia terrateniente que dominaba al resto de la sociedad, acaparando poderes y cargos públicos. Los “Geomores” (agricultores) poseían pequeñas extensiones de tierras, las menos fértiles. Los “demiurgos” eran artesanos, personas marginales o descendientes de extranjeros, sin derechos ciudadanos, aunque a través de los “Orgeones” podían de algún modo participar en la vida ciudadana. Los “Thetes” (jornaleros), trabajadores asalariados, libres y sin derechos de ciudadanía, fueron admitidos en las tribus. La ascendencia y el orden gentilicio definía, por tanto, el poder ostentado, mientras que la clase desarraigada, comerciante y artesana, los hijos de su trabajo y de la propia voluntad, permanecían sojuzgados y dependientes de las clases superiores hasta los tiempos de emergencia comercial y manufacturera - en los siglos VIII y VII - que propiciarían un aumento de ingresos para estos desheredados, aunque Atenas no buscó su solución económica y social en la colonización y este factor retrasó considerablemente la evolución socioeconómica de Atenas comparada con la del restante mundo griego. La manufactura y el comercio de cerámicas, así como los intercambios comerciales con otras zonas del Egeo, provocó la transformación de la sociedad ateniense, a su debido tiempo. Mientras la clase comerciante afianzaba su prosperidad económica, el pequeño y medio campesino se empobrecía ahogado por las deudas debido a un mal reparto de las tierras. Esto les obligaba a pedir préstamos y a hipotecar sus propias vidas y sus tierras como garantía a sus credenciales, lo cual los situaba en riesgo de ser vendidos como esclavos, además de estar obligados a entregar una sexta parte de la cosecha. De ahí una crisis social en la que los artesanos y comerciantes enriquecidos que aspiraban a participar en la vida política ateniense apoyaron a las clases humildes que necesitaban una mejora en sus condiciones de vida. Estamos en el siglo VII a. C. a las puertas de una larga evolución social y política que indica la lucha contra las oligarquías del mito gentilicio auspiciada por los hijos de su trabajo y de la tradición productiva que Hesíodo reivindicaba como un bien sagrado. En realidad, en toda época antigua la sociedad ha sido gobernada por los más capaces y productivos, al menos en origen. La variación de los estamentos privilegiados atiende a los valores predominantes que han triunfado en una sociedad determinada o a la fosilización de un segmento de la sociedad que en principio demostró su valía hasta que - en la voluntad de mantener su privilegio - fundó un mito que legitimaba el poder de determinados colectivos, pasando de una sociedad dinámica de hombres emprendedores a una sociedad estática de clubes cerrados y élites poderosas por la gracia de los dioses...

Así pues, con las nuevas fuerzas sociales tomando conciencia de su potencial se hizo imperativo una regulación jurídica con la creación de convenciones escritas a modo de leyes sagradas que ayuden a cohesionar un Estado al borde del caos civil y político. En un primer paso fueron nombrados seis legisladores que acometieran la tarea, pero el proyecto fracasó y Dracón - en torno al año 624 a. C. - fue quien estableció un trabajo previo de fijación de leyes abiertas a todos los estamentos sociales. Ello disminuyó la arbitrariedad de los “eupatridas” en su habitual aplicación de tipo consuetudinario, pero seguían monopolizando la vida política. Entonces aparece la figura de Solón, legislador eficaz y legendario para nuestra tradición, siendo el representante de una progresión esencial hacia la configuración del Estado moderno: establecer el consenso jurisdiccional bajo la inspiración de un orden ideal, cuasi divino en la concepción de la “Eunomía”, el buen gobierno sostenido en una justicia inquebrantable que apela a la responsabilidad del hombre ante sus propios actos, estableciendo una diferencia entre la religiosidad y los problemas sociales. Fue, además, un político visionario que vislumbró la caducidad del poder gentilicio y reconoció la emergencia de introducir a la clase artesana y comerciante en el concierto de decisiones y trabajos en las distintas instituciones. Empezó a trabajar con el propósito de eliminar la opresión a los más débiles al tiempo que quiso - y lo logró en principio - evitar la indignación de los poderosos que perdían sus privilegios. Todo esto implicaba una empresa muy ambiciosa que suponía llevar a cabo la reforma económica, social y legislativa. Redactó leyes en tablillas, palabras inmortalizadas sobre la arcilla que eran un derecho común que todos podían conocer y debían respetar, abarcando todos los campos que necesitaban de una legislación: penal, político, civil y comercial. En el 594 a. C. Solón adquirió la titulatura de arconte con poderes extraordinarios, lo cual le permitió aplicar su paquete de reformas. La Reforma Social acometía tres puntos esenciales: la “Seisactía” o cancelación de las deudas, la división en clases sociales bajo un nuevo criterio y las normas legales de derecho familiar y público. Con la aplicación de la “Seisactía” pudo aliviar la deplorable situación del campesinado, cuya hipoteca se había traducido en una esclavitud de facto. Solón disminuyó la tasa de interés y prohibió el que las personas fuesen garantes del préstamo recibido. Esto hizo que el campesino ganara independencia y libertad individual. A lo largo de la Historia, la deuda se ha revelado como un mecanismo ineludible en tanto que permite financiar- mediante el préstamo - la iniciativa y la necesidad humana que siempre se anticipan a los recursos reales, pero a la vez - utilizando ese impulso innato y común a nuestra especie - es un instrumento (insisto, ineludible) que las élites aprovechan para mantener al resto en estado de dependencia y sumisión (nótese la intrínseca relación existente entre deuda y pobreza). Éste es un proceso que en la Atenas del siglo VI seguía el patrón marcado por necesidades indispensables de subsistencia, con un alimento y un hábitat básico. En el mundo antiguo, legisladores y gobernantes se preocupaban por cancelar las deudas cuando éstas alcanzaban un numerario inasumible para las rentas de la sociedad en su conjunto, contrariamente al mundo de hoy en el que hay una tendencia a generar deuda de forma indefinida, lo cual despeja el camino hacia la experimentación financiera. En la historia moderna - y con una mayor aceleración a partir de la segunda guerra mundial - dicho proceso ha sufrido un grave trastorno debido a que el bagaje tecnológico de nuestro tiempo ha puesto a disposición de las élites un programa generador de estados, modelos y necesidades ilusorias, un simulacro adicional o supletorio de un estado psicológico o material que se pretende idílico en el imaginario del individuo y del colectivo que somos. Optimizar la sinergia entre las necesidades que podemos crear, cubrir y luego incentivar en un modelo de producción ajustado con la energía disponible (incluye medios fisico-químicos, la creatividad y demás fuerzas psíquicas) es una tarea imprescindible si se quiere hacer del trabajo una participación racional, feliz y constructiva en un orden plausible, teniendo en cuenta que cada individuo es - en sí mismo - una necesidad, un contrapunto, una aptitud distinta que emerge de una naturaleza común a la especie. De lo contrario el trabajo no es trabajo, sino una pieza-autómata de la Gran Maquinaria que genera productos únicamente destinados a justificar y sostener la deuda que las élites aprovechan para mantener su monopolio en el concierto de los actos mundiales y locales. En pocas palabras, un despilfarro de talentos, de energía y de medios. En definitiva, encontrar la óptima sinergia es el mayor reto en cualquier época y sociedad, aunque en el mundo actual el problema se ha agravado como tal vez nunca ha sucedido en la Historia. Nuestro presente expresa la encrucijada que nos obliga a elegir entre la realización personal como base para ese trabajo que construye un mundo no perfecto ni necesariamente perfectible, sino consecuente con la tarea de ser humanos que asumen la responsabilidad de gestionar un mundo contradictorio a su parecer, diverso e insuficiente respecto a sus inquietudes, y el hedonismo como base de una sucesión global de imágenes mecanizadas que imponen el progreso hacia ninguna parte.
En su magna labor de Reforma social , Solón quiso terminar con los derechos de casta, adaptando los derechos y deberes de los ciudadanos a sus respectivas rentas, procediendo a la división de la población en cuatro clases. Este sistema político, en el que en función de la renta de cada clase (unidad de medida: medimno) se le adjudican ciertos derechos políticos y responsabilidades, se conoce como timocracia (timokratia). Los Pentakosiomedimnoi (Pentacosiomedimnos): producen más de 500 medimnos. Los Hippeis: son los que producen más de 300 medimnos. Su nombre proviene de su pertenencia a la caballería (pueden permitirse pagar un caballo). Los Zeugitai: son los que producen entre 200 y 299 medimnos. Son la masa de los labradores o pequeños campesinos que formaban el ejército hoplita (podían pagarse el casco, la espada corta, la coraza...) Los Thetes: producen menos de 200 medimnos.
En la Reforma constitucional estableció un régimen que llamamos Timocracia ("gobierno basado en la tierra"), u Oligarquía ("gobierno de los pocos"), ya que sólo permite el acceso a las instituciones de gobierno superiores a aquellos que poseen las mayores propiedades. Anteriormente sólo los nobles controlaban estas instituciones. Por tanto, la Constitución Soloniana significa una pérdida de poder político para la nobleza y una extensión de éste hacia capas medias de la sociedad. La Constitución de Solón fue meritoria porque a través de la riqueza, permitió el acceso a la acción política a personas ajenas a la nobleza (mercaderes y comerciantes enriquecidos en el intercambio con las colonias mediterráneas, por ejemplo). Además, fue la primera constitución escrita, lo cual ayudó a terminar con las arbitrariedades de los jueces. De este modo, las capas medias trabajadoras de la sociedad lograron una cuota considerable de participación política. La Timocracia significó la división de la población en cuatro clases según los "medimnoi" producidos por una persona. La riqueza determinaba la participación política porque sólo los Pentakosiomedimnoi y quizá los Zeugitai podían optar al "arcontado" (magistraturas ejecutivas). Por tanto, la participación en el Areópago estaba limitada a ellos. Sólo las tres clases superiores podían participar en el ejército, al poder pagarse las armas necesarias. Los Hippeis ("caballeros") podían también pagarse un caballo. El Areópago o Consejo Aristocrático, en época monárquica había sido el Consejo del Rey. En época monárquica se llamaba Bulé, pero cambió su nombre cuando Solón creó la nueva Bulé. En época de Solón fue mantenido como un consejo prestigioso que supervisaba el gobierno de la ciudad, el trabajo de los magistrados, opinaba sobre el gobierno y actuaba como tribunal para delitos graves y de sangre. No podía decidir, pero la Ekklesía intentaba contar con su favor. Estaba compuesto de forma vitalicia por aristócratas, familias poderosas y por los exarcontes.
La Bulé, nuevo órgano creado por Solón, era un Consejo de Cuatrocientos ciudadanos (cien de cada tribu del Ática). Los thétes estaban excluídos de la vida política. Hay dudas sobre sus funciones en época de Solón. Se cree que se ocupaba de proponer leyes y de preparar las reuniones de la Ekklesía. La Ekklesía o Asamblea Ciudadana era la que tomaba todas las decisiones de política interior, exterior, legislativa, judicial y ejecutiva, pero necesitaba la aquiescencia y consejo del Areópago y la Bulé. La Ekklesía elegía a los arcontes, y por tanto, elegía indirectamente a los nuevos miembros del Areópago. Estaba compuesto por todos los ciudadanos mayores de dieciocho años, varones. Delegaba su poder ejecutivo en los nueve arcontes y su poder judicial en el Areópago (tribunal para los casos de homicidio voluntario) y en la Heliea (tribunal ciudadano). La Heliea era un Tribunal de Justicia Ciudadano, compuesto por ciudadanos elegidos por sorteo. Además, en el plano económico, fijó un sistema de medidas y monedas, introdujo modificaciones en agricultura e impulsó la artesanía y el comercio. En síntesis, la sociedad ateniense empezó a liberarse del estatismo que promulga la tradición gentilicia en favor de una renovación de los talentos que regeneran la vida política con una nueva filosofía en todos los ámbitos de acción. De cualquier modo, cabe suscitar la sospecha de que la fuerza social emergente en un proceso revolucionario como el llevado a cabo por Solón - los mercaderes y productores innovadores del presente - puede llegar a ser la aristocracia del futuro si con el transcurso del tiempo termina cristalizando los valores y la estética representada en dicha fuerza social. Los movimientos eugenistas de principios del siglo XX son buena prueba de cómo las élites intelectuales y políticas que crecieron al calor del liberalismo y de la ética protestante retornan a la tentación de construir el fundamento del poder sobre una base biológica, una herencia sanguínea convertida en nobleza (tenemos el ejemplo actual en la conexión familiar existente entre el clan Bush, el cual ha protagonizado dos legislaturas fundamentales en la historia reciente de los Estados Unidos de América, y la monarquía de Inglaterra que perpetua una dinastía muy representativa de la alianza anglosajona, la cual opera como uno de los máximos estamentos del poder mundial), un perfectibilismo que dirige sus tentáculos hacia la promesa de la biotecnología con el objetivo de provocar la mutación de la especie y el subsecuente nacimiento de la nueva humanidad. Un asombroso sincretismo dado en la integración del ideal democrático con el antiguo orden estamental gentilicio. Y esto esta sucediendo en pleno siglo XXI, en ciertos sectores de la élite mundial, aunque seguramente su relevancia política es insignificante comparado con lo que se nos ha dicho en las soflamas de la corriente conspiranoica.

El esfuerzo de Solón no pudo eliminar la tensión relativa al fervor tradicional de unas castas que veían legitimado su poder a pesar de las reformas. Pronto surgieron las consabidas disputas entre las distintas facciones de la nobleza, apareciendo tres grupos políticos (“Paralios“, “Pedieos” y “Diacrios”) que básicamente representaban tipos diferentes de ricos, aquellos que se habían enriquecido con el auge de la actividad comercial y artesanal, enfrentados a la aristocracia. En medio del caos social y político irrumpe la figura del más conocido tirano de Atenas, Pisístrato, quien supo aprovechar las oportunidades que ofrecían las rivalidades entre “Paralios” y “Pedieos” y la que respondía a su propio prestigio adquirido en las luchas contra Megara. Siguiendo el perfil habitual que define el papel que las tiranías ejercieron en la Hélade, en torno a los años 561- 560 a. C. Pisístrato usurpó el poder ganando a la vez el favor y la simpatía del pueblo mediante una conspiración con la cual engañó al pueblo fingiendo ser atacado y llegando malherido con su carro al ágora. Inmediatamente solicitó ante todo el pueblo de Atenas una guardia personal para que lo protegiera, y pronto se le concedieron las prerrogativas necesarias para su función. Impuso su tiranía en tres ocasiones - aunque este punto es discutible por la disparidad de las fuentes de las que disponemos - intercaladas entre dos períodos de exilio. La política de Pisístrato supone un magnífico ejemplo de eficiente gestión en una época necesitada de férreas decisiones que puedan mantener el orden público. En líneas generales, destaca su tendencia sistemática a favorecer a los más humildes, quienes a su vez eran sus máximos partidarios, el interés en activar y desarrollar la economía en el Ática y una preocupación por lograr la paz y unas buenas relaciones con el exterior. En política interior realizó confiscaciones, aunque esto no supuso la hostilidad de toda la esfera aristocrática sino que contó con el apoyo de algunas de las familias principales, e incluso las incorporó a su arcontado. Respetó las instituciones y la legislación establecida por Solón, y supo aprovechar dicho germen para llevar a Atenas a un desarrollo fundamental en su camino hacia el esplendor del siglo V. En materia económica, el mundo agrícola vio como mejoraban sus condiciones gracias a las debidas confiscaciones y a la concesión de préstamos que permitieron mejorar la calidad de las tierras y los sistemas de cultivo. Los comerciantes disfrutaron unas reformas que integraron a Atenas en la exuberante actividad comercial del mediterráneo con una intensidad nunca vista hasta entonces, con las ineludibles modificaciones en el sistema monetario - en las que Pisístrato potenció las acuñaciones áticas - que devino en la unificación de la moneda y la dotó de gran calidad por su aleación y por la belleza de su estampa, protagonizada por la diosa Atenea y la lechuza que simboliza a la ciudad y a su culto. Favoreció también a la industria y a la manufactura, reforzó la flota naval mediante una gran actividad en las naucrarías. La religiosidad ganó sentimiento y estética suntuosa, con el impulso dado a las fiestas Panateneas y al fervor por Dioniso, el cual emanaba desde el campesinado, pero pronto se integró en la vida religiosa de la ciudad. También protegió el culto a las diosas Demeter y Perséfone, protagonistas de los ritos de iniciación en el santuario de Eleusis. Cabe decir que Pisístrato potenció las religiones mistéricas, elevándolas a la categoría de estatales, lo cual señala al gran tirano de Atenas como un rector implacable en todas las esferas de la vida, tanto en el despliegue suntuario de obras públicas que embellecían la ciudad (a la vez que expresaba una política de prestigio) como en el énfasis puesto en la vida espiritual, en la cultura, el valor de los artistas y de los grandes pensadores de aquellos días. Una completud de factores que resultó en una civilización que rozó un esplendor precedente a la venidera perfección clásica. Mencionar, por último, la inteligente política exterior llevada a cabo por Pisístrato, favorecedora del desarrollo económico y la expansión comercial de Atenas y encaminada a afianzarse en un poder que había tomado de forma ilegal, una inseguridad que aplacó desplegando una diplomacia que le permitió obtener apoyos para reforzar su poder, buscando contactos y alianzas con el objeto de facilitar la posición de Atenas en todo el entramado comercial y político del Egeo y del mediterráneo en su conjunto. Tras la muerte de Pisístrato vino el declive de su dinastía representada en las tribulaciones de Hipias e Hiparco. Clístenes heredó, a pesar de toda la evolución anterior, una situación de lucha entre los partidarios de las oligarquías y los que querían continuar la reforma iniciada por Solón hacia la plena democracia, siendo Clístenes un aguerrido defensor de ésta última idea. Iságoras, en connivencia ideológica y militar con Esparta, representó los intereses de los oligarcas. Con la victoria de Clístenes las fuerzas espartanas se retiraron de Atenas y perdieron toda esperanza de instaurar un régimen oligárquico en el Ática. Aquí esta el origen de la tradicional rivalidad política entre Atenas y Esparta, expresión primera del inmovilismo enraizado en la tradición de Esparta, y del cambio y progreso hacia un nuevo orden global que representaba la democracia ateniense. Primer flujo claramente reconocible de lo que unos pocos milenios más tarde identificamos en la polarización de la Izquierda y la Derecha. Éstas son, en realidad, dos formas distintas de articular un mismo poder: canalizar la influencia directamente desde una minoría privilegiada que ejerce la autoridad inspirada en la Tradición, o desde la voluntad popular que prescinde de dicha Tradición y deposita un voto condicionado por la información recibida a través de siglas y enunciados que emergen desde la prensa y los medios en general, con ausencia total de un debate profundo y matizado que verdaderamente permita conocer la amplitud y profundidad de los problemas sociales. La Grecia de Pericles pudo ejercer una voluntad popular basada en la acción cívica directa, donde cada actor de la vida pública representaba de primera mano los problemas e intereses de cada sector de la sociedad. Veamos cómo Clístenes despejó el camino. Asciende al arcontado en el año 508 a.C. Podemos dividir su reforma en dos coordenadas. La primera de ellas, de orden territorial y administrativa, supone cambiar el concepto de sociedad humana, desde la tradición aristocrática que valora la humanidad por la pertenencia a un clan familiar a la idea de igualdad que distingue a los individuos por su circunscripción geográfica y su capacidad productiva, simple y llanamente. El objetivo de esta reforma, no obstante, era eliminar los principios gentilicios que imponían la autoridad del linaje privilegiado con el objetivo de hacer que la vida pública estuviera más abierta a la participación de un mayor número posible de sectores sociales. Dividió a la población en tres agrupaciones: “Demos“, la unidad administrativa que utilizó Clístenes para configurar su distribución territorial, inicialmente eran nucleos rurales aunque incluyó a la comunidad urbana. Se calcula que hubo entre cien y ciento cuarenta “Demos”, y cada “Demos” tenía entre cien y trescientos ciudadanos adultos. El “demótico” era un nombre que se le adjudicaba a cada ciudadano, mediante el cual se indicaba la comunidad geográfica de pertenencia, al tiempo que marcaba su identidad como ciudadano. El territorio que alumbra la conciencia de un individuo - y la consecuente tradición emanada del ambiente específico - es efectivamente la verdadera patria y condición que articula y cristaliza la relación con sus semejantes, aunque la creación artificial de comunidades utilizada por Clístenes excluía a los valores de la tradición póstuma a la “koiné” y al carácter globalizador que permanecía en la estructura ideológica en cualquier región griega. Pero, en otro sentido, igualar a los ciudadanos en derechos cívicos diferenciándolos por su territorio original es una idea que fortalece los vínculos socioambientales. Cada uno de los “Demos”, además, era una comunidad en cierto modo independiente. Tenía su propia asamblea celebrada en el ágora, y elegían a su propio dirigente, el “demarca”. Gestionaba sus finanzas locales y administraba los bienes comunales. Tenía sus propios cultos y festividades y confeccionaba las listas de sus ciudadanos. Cada “Demos” tenía representación en la bulé de Atenas, ofrecía a sus ciudadanos para ejercer la milicia y la participación de todos en la gestión de los asuntos locales supuso un magnífico aprendizaje en su formación política.
La “Tritties”, siguiente división poblacional, indica treinta circunscripciones o distritos de población, sobre las que poco o nada conocemos. Por último, las Tribus. Clístenes creo artificialmente diez tribus que sustituyeron a las tribus tradicionales del orden gentilicio, con circunscripciones únicamente territoriales y formación heterogénea. Cada tribu aportaba un batallón hoplita y su regimiento de caballería al frente del cual estaba el “estratego”. La importancia última de las tribus era la configuración institucional, pues cada una de ellas asignaba anualmente y por sorteo a cincuenta de sus miembros que formarían parte del consejo de la ciudad o “Bulé”. Así pues, cristalizaba la idea de una sociedad de iguales (isonomía) en la que desde la autonomía y singularidad de sus partes quedaba establecido un orden global ejecutado con relativa perfección. Sacrificar un legado genético-biológico y una tradición velada por los “aristoi” - herederos y depositarios, nunca hay que olvidarlo, de unos valores revelados en grandes hazañas que conformaron la nobleza de espíritu - por la isonomía establecida mediante la mezcla indistinta de ciudadanos corrientes es definir la “areté” en la convivencia y la convención que posibilita la libertad democrática. Quizá ésta sea la encrucijada que necesita de una solución realista en cualquiera de los tiempos, aunque en mayor grado para nosotros, perdidos entre la pulsión del igualitarismo y la necesidad de encontrar a héroes que además de ser capaces de competir con efectividad económica, puedan ser un modelo para la nobleza de espíritu que nuestro tiempo necesita con urgencia. Y lo cierto es que aquellas que antiguamente fueron Hermandades cuya razón legítima era la tradición definida en el parentesco, tras la supresión del orden gentilicio irrumpe en la edad moderna un nuevo tipo de Hermandad constituida por oligarcas que marcan con sus tácticas financieras el rumbo de los mercados, la creación o destrucción de empleo y, en suma, la economía que de inmediato, día a día, rige nuestras vidas.

En el orden institucional, Clístenes adoptó una posición continuista con las instituciones existentes, mantuvo incluso al Areópago (reducto de la aristocracia más tradicional), aunque despojado de algunas de sus anteriores atribuciones en favor de otros sectores ciudadanos. La “Bulé”, consejo de los quinientos, base de la soberanía popular, formado por cincuenta “buletas” escogidos en cada tribu por sorteo. Sus miembros tenían que ser mayores de treinta años, solo podían ejercer el cargo dos veces en su vida y su duración era un año. Clístenes estableció un juramento para los buletas, por el que quedaban comprometidos a aconsejar conforme a las leyes y a obrar para el bien de la comunidad. En la “Bulé” preparaban las sesiones de la Eklesía en torno a cualquiera de los asuntos públicos. La Eklesía era la asamblea popular, y en ella todos los ciudadanos podían participar con voz y voto. Allí decidían - por encima de la Bulé y el Areópago - los asuntos públicos tras un informe previamente preparado en la Bulé. Tenían competencia en las cuestiones financieras y tomaban decisiones respecto a la guerra y la paz, votaban las magistraturas y censuraban cargos salientes. Otra institución era la “Heliea”, tribunal popular que sufrió una reestructuración en la aportación de las tribus. En las magistraturas, los arcontes seguían siendo miembros de la aristocracia, pero - al igual que el Areópago - vio modificadas algunas atribuciones. Se introdujo a un secretario Thesmothetes para que cada tribu pudiera asignar a un miembro del colegio del arcontado. Y, en fin, modificó el calendario lunar en contra de la tradición aristocrática e isntauró el ostracismo como medida preventiva frente a cualquier aristócrata o ciudadano que pudiera ser sospechoso de violar el nuevo orden basado en la “isonomía” o de ser partidario de retornar al viejo orden. Clístenes, en definitiva, fundó un primer modelo de Estado que sirve de guía a lo largo de los siglos hasta hoy. Su problemática esencial - disminución del factor meritocrático y de la teórica jerarquización entre individuos y comunidades bajo criterios cualitativos en favor de una mayor participación política en términos cuantitativos - sigue esperando la idea que optimice el aprendizaje recibido en dos tradiciones de necesaria y profunda comprensión a todos los efectos. Si el campesinado - por su vínculo con la tierra, del cual surge una deificación de la naturaleza y el consecuente orden tradicional de héroes y dioses sostenido por los "aristoi" - simpatiza con un modelo oligárquico, la primera tradición conservadora, la clase compuesta por la iniciativa de mercaderes y comerciantes generalmente es partidaria de una democratización política que le permita ascender en la escala de influencia sobre el conjunto social. De esta forma, en la edad moderna la burguesía consolidó su poder en una época óptima para el desarrollo tecnológico que posibilita la utilización de la experimentación financiera hasta límites desconocidos, la manipulación informativa que deforma la verdadera naturaleza de las operaciones bursátiles, la impunidad de una demoniaca especulación que esta jugando con los recursos mundiales de nuestro tiempo. A modo de ejemplo, termino el artículo de hoy con una noticia reciente y que nos remite a la idea explicada; la posibilidad de que nuestra civilización - regida por el orden financiero de los mercaderes que impulsaron la democracia - esté en manos de una Hermandad cuasi secreta de oligarcas inspirados únicamente en su egoísmo, según lo que de momento podemos apreciar desde nuestra posición de ciudadanos vapuleados por la marea de la desinformación. Y es que, por otro lado, en España los datos referentes al número de parados en el mes de junio señalan la cifra real de 4.956.195, rozando la temible cifra de los 5 millones de desempleados ( según datos del INEM: http://www.inem.es/inem/cifras/datos_avance/datos/datos_2009/AV_SISPE_0906.pdf, consúltese la página 13 ) frente a los 3,5 millones de parados registrados que ha publicitado el gobierno con la complicidad de prensa y televisión. Imposible ejercer la libertad y la participación cuando los propios ciudadanos se desentienden de la realidad y nadie alza su voz para denunciar la mentira.



El 'broker' que disparó el precio del petróleo.

Las operaciones no autorizadas del agente causaron pérdidas millonarias

Actualizado viernes 03/07/2009 11:41

Efe

Londres.- El súbito incremento de los precios del crudo registrado el jueves, cuando alcanzaron su cota más alta este año, se debió a una maniobra especuladora no autorizada de un 'trader' en el mercado del Brent y causó pérdidas por cerca de 10 millones de dólares.

PMV Oil Associates, la mayor de las firmas dedicadas al comercio de petróleo extrabursátil ('over the counter'), dijo haber sido "víctima de una operación no autorizada", informa el diario 'Financial Times'.

"Como resultado de una serie de operaciones comerciales no autorizadas, PMV se encontró con importantes volúmenes de contratos de futuro. Cuando se descubrió esto, se cerraron las posiciones", afirma la empresa en un comunicado.

Los contratos de futuro obligan a comprar o vender un número determinado de barriles de petróleo en una fecha futura y con un precio establecido de antemano.

Los agentes que operan en Londres y Nueva York atribuyeron el incremento excepcional de la actividad y el fuerte aumento de los precios en las primeras horas del martes a operaciones no autorizadas aunque algunos pensaron en un principio que tal vez se debía a un acontecimiento geopolítico.

"Los volúmenes negociados y los precios se incrementaron en más de un dólar el barril sin justificación aparente", dijo un 'trader' en Nueva York.

Según los expertos, más de la mitad de las actividades extraordinarias del mercado pueden atribuirse a la maniobra especuladora de este agente mientras que el resto se debió a que otros decidieron seguir la tendencia.

El 'Financial Times' ha identificado al responsable: se trata, según el periódico, de Steve Perkins. El consejero delegado de PVM, David Hufton, ha criticado con frecuencia a los especuladores que operan en el mercado del petróleo

"Si no existiesen los mercados de futuros, los precios (del crudo) serían mucho más bajos", afirmó en una ocasión.



Fuente:http://www.elmundo.es/mundodinero/2009/07/03/economia/1246614117.html

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