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lunes, 8 de junio de 2009

Cretenses y micénicos




El mundo antiguo es el tiempo de las élites. La historiografía - por causa de un legado arqueológico circunscrito al ajuar y el monumento suntuoso - atiende ante todo a las huellas dejadas por aquellos gobernantes guerreros a medio camino entre el mito y la realidad. Creta y Micenas son las coordenadas espaciotemporales que nos remiten al punto inicial de un proyecto y una fuerza de la historia que parece seguir unas pautas identificables en cada milenio. Pero sobre esto hablaremos más adelante.

Como suele ocurrir, la civilización minoica nos ha llegado en una imagen idílica de suelo fértil que alterna con territorios áridos y escarpados - Creta es una isla de grandes contrastes geológicos - y unos pobladores que gozan de una vida pacífica, centrada en el laboreo de la tierra y el culto a la diosa de la fertilidad. No nos han llegado apenas vestigios de luchas sociales o guerras entre las distintas regiones. Sus palacios ensalzan el color y el gusto por la apertura hacia la luz del día y a los campos que los circundan. Vino, mujeres, ritos en las cumbres de las montañas y tauromaquia conforman el esquema de la vitalidad de aquellas gentes. Parece que la historia de Creta sigue un curso discontinuo, con recurrentes auges civilizadores después de cataclismos sociales o naturales - sobre esto hay una gran discusión entre los investigadores - que indica que, a pesar de no contar con signos claros de guerras o invasiones de pueblos foráneos, el flujo económico y social estaba sometido a una gran inestabilidad. Tradicionalmente, dividimos la historia de creta en tres fases: 1) período Prepalacial ( 3.000 - 1.900 a.c), edad del bronce en la cual la isla cobró gran importancia comercial por su situación en el mediterráneo, y de la que nos han llegado evidencias de sus contactos con las Cícladas, Chipre, Sicilia, Siria y Egipto, recibiendo influencias de las diversas culturas. 2) período Palacial, en el cual emerge un gran desarrollo demográfico y aparecen modificaciones en las hábitats. Cnoso, Malia, Festo son los enclaves que ejemplifican el esplendor de esta fase hasta que se produce una destrucción por causas naturales, posibles invasiones de asiáticos o revoluciones internas debido a sequías o movimientos sísmicos. Tras un nuevo auge y su consiguiente debacle, llegamos al apogeo de la civilización minoica en el llamado período Neopalacial. Aquel micromundo que nos llega imbuído de leyenda manifiesta la importancia de la alternancia entre épocas de florecimiento separadas por grandes cataclismos que destruyen la belleza de sus palacios para ser reconstruidos con mayor perfección arquitectónica y una expresión plástica de mayor riqueza, especialmente en la decoración mural. Edificios de grandes dimensiones que se alzan en torno a un patio central y numerosas dependencias. Son los palacios que atesoraban el control económico, religioso y social, pero nada sabemos sobre sus reyes o príncipes. Descendiendo en la jerarquía, encontramos pequeñas mansiones imitativas de la arquitectura palacial (con estancias para almacenamiento de grano, archivo y santuario) habitadas supuestamente por altos funcionarios vinculados a la administración. La escritura sobre tablillas de arcilla nos proporciona información sobre la economía de los palacios. Campos de cultivo propiedad del palacio y campesinos que cumplen su servicio ante las élites. Cría de carneros, cerdos, cabras, animales domésticos y de tiro. Grandes tinajas (las bellas pithoi) para almacenar aceite, vino y cereal. Talleres artesanos de manufactura. Pero cabe destacar la actividad mercantil en un mundo de horizontes que delimitan el vasto mar en cualquier dirección. Creta se expandió mediante la talasocracia que inspiró a Homero, y estableció el movimiento que milenios después imitarían griegos y romanos siguiendo el ritmo marcado por las importaciones y las exportaciones de riquezas. Tal vez puede hablarse de un mundo mediterráneo que constituye una civilización específica global en aquellos tiempos. Para un europeo, todo comenzó en Creta. El caso es que esta civilización, ignota pero cercana a nosotros por los destellos de su arquitectura y folclore, entró en decadencia a mediados del segundo milenio, seguramente absorbida y asimilada por nuevas corrientes civilizatorias que llegaban desde el norte, tras un desastre natural provocado - según la tradición académica - por la erupción del volcán de la isla de Thera. Del mundo micénico tenemos escasos indicios en relación a la trascendencia de su empresa económica y geopolítica, verdadero prólogo a la historia de la Hélade. Carecemos de escritos legislativos, literarios o religiosos que nos proporcionen los signos ideológicos que expliquen su fervor viajero y su persistencia en la producción. Las tablillas de arcilla en escritura epigráfica denominada “Lineal B”, sí aportan información sustancial sobre la administración de los palacios, las tareas de los escribas, la economía y el comercio. Una civilización que se extendió principalmente por Grecia meridional y central, Creta, Rodas y Chipre, e identificamos tradicionalmente su origen en los constructores de las “tumbas de fosa vertical” que evolucionaron hacia las “tholoi”, monumentos funerarios cuya estructura se organiza en tres elementos básicos: el “Dromos”, sendero inclinado que conducía desde el nivel natural de la superficie a la puerta del monumento. El “Stormion”, una entrada profunda que conduce al interior de la cámara, construida con grandes bloques de piedra. Y la “cámara”, el interior de la tumba, en forma de colmena con bloques de sillar. Semejantes a un pasadizo ritual que guardaba el recuerdo de los grandes señores. Probablemente, esta nueva corriente civilizadora que se asentó en Creta procedía de regiones orientales y fecundaron sobre el ya valioso sustrato cultural de los asentamientos anteriores y herederos de la sociedad miniana. Introdujeron el carro de guerra, nuevas técnicas metalúrgicas y el uso de la espada larga. El legado cretense se enriqueció con nuevas aportaciones de viajeros - linajes indoeuropeos - representados en forma de leyendas, héroes de origen divino relacionados con Oriente, Asia menor y Egipto. Entre los años 1.500 a 1.400 se desarrolla el apogeo de esta civilización, cultivando el germen de su talasocracia (serán la primera “koiné” comercial y política) en el mar Egeo, y la llamamos Micénica por ser Micenas - ciudad fundada por unos pueblos balcánicos que englobamos bajo el término "aqueos" - el asentamiento que mayor número de hallazgos arqueológicos nos ha proporcionado, pero no hay indicios de hegemonía política.

Frente a la paz y seguridad que expresaban los cálidos palacios de Creta, los micénicos construyeron murallas colosales con piedras ciclópeas de hasta seis metros de espesor con la finalidad de proteger a los príncipes-reyes y a los súbditos que habitaban en el palacio-fortaleza (el centro económico y político), el cual solía estar ubicado sobre una colina que abría el espacio a la vigilancia de temibles invasores o cuadrillas de rapiña y expolio. El “mégaron” era el núcleo o sala grande del palacio donde los gobernantes tomaban la luz de una abertura al exterior y recibían las peticiones de sus funcionarios y feligreses. La fortaleza tenía entradas estratégicas, y una de ellas es la conocida puerta de los leones de Micenas. Acueductos, canales, cisternas, tubos de terracota, sistemas de diques y zanjas para el abastecimiento de agua que servirán de modelo a la ingeniería de época clásica. Cabe imaginar que alrededor de la fortaleza se agrupaban varios poblados dependientes y/o vasallos de los grandes señores. La Historia de estas antigüedades, recordemos, es el poder de una élite en una sociedad estratificada que se diluye ante la preeminencia de las grandes dinastías de reyes y guerreros. El “Wanax” es el monarca micénico, quien concentraba la función religiosa (ordenar el calendario, fijar sacrificios, oblaciones, tasas de ofrenda, presidir las celebraciones y las fiestas en honor a las divinidades), la función militar (dirigir al pueblo en armas), la función administrativa (control y gestión a través de los funcionarios y escribas de la vida económica y social, de ahí que se le considere un régimen marcadamente burocrático). Así pues, desde discretos rincones de palacio y reuniones con los altos cargos, todo el control social emanaba de un vórtice semejante a una mixtura entre burocracia y feudalismo. Y de ello se deriva la estructura social, como un ramaje subordinado al tronco principal de la cúspide del poder. Un monopolio a todos los niveles. Los “basileus”, figura de un maestro de ceremonias religiosas con un séquito a su servicio. O tal vez jefe o capataz de un oficio (arquitecto o constructor, tal vez). Los “lawagetas”, poseedores de lotes de tierra, gran señor del populacho en un escalón por debajo del Wanax. Los “telestas”, también relacionados con la posesión de tierras, aunque su cometido es ambiguo. Tal vez una ocupación más que un “status social”. Los “eqetas”, nobles emparentados con el monarca. En las clases inferiores destaca el “damos”, colectividad libre que habitaba en distritos con órganos propios para su administración, relacionados con la posesión y parcelación de terrenos para el usufructo o la alimentación del ganado. Por último, los esclavos, teniendo en cuenta que la dicotomía libre-esclavo todavía no existía como sí lo hará en el mundo clásico, vinculados a oficios concretos, por lo general mujeres y niños reclutados como prisioneros, en botínes de pillaje, comprados o nacidos en tal condición, propiedad de palacio, de un particular o al servicio de un templo o divinidad. Un conglomerado de vasallajes que culminaba en la representación del Wanax, el espíritu del poder, el honor, la guerra y la consecuente expansión por los mares que circundan el Egeo. La talasocracia micénica vertebró el mediterráneo oriental y occidental y estableció el perfil de la ruta que siglos después seguirán los aventureros griegos (recordemos que el panteón griego tiene su origen en los héroes-dioses de los micénicos, a su vez heredados de la tradición minoica), y después vendrá Roma, y después las luchas comerciales y espirituales entre el occidente cristianizado y el oriente islámico. Hay evidencias de presencia micénica en Siria-palestina, Chipre, mesopotamia, el reino hitita en el centro de Anatolia, Egipto, Península Ibérica, y Europa central. La introducción del hierro en la metalurgia, transformaciones cerámicas y signos de decadencia palacial marcan el fin del Bronce y la entrada en la Edad del Hierro. La civilización micénica sucumbe ante cambios climáticos y víctima de los cataclismos sociales por el probable efecto dominó inducido por la denominada "invasión de los pueblos del mar”, consecuencia o precedente de la caída de los grandes imperios orientales. Desaparece la escritura, se derrumba el sistema mercantil, la burocracia y la administración de palacio, entrando en los siglos oscuros, hasta el próximo resurgir de los guerreros.

El viaje y la guerra auspiciada por las élites, el espíritu emprendedor de éstas, han hecho posible un mundo tal y como se ha desarrollado hasta nuestros días. Las clases medias de hoy valoran la seguridad y el sedentarismo, atributos de la vida ciudadana actual cuyos orígenes están en la inquietud por conocer y poseer territorios o culturas lejanas, la cual permanece en la mente de la élite que vive en cualquier tiempo, signo de la necesidad perfectibilista de trascender desde y sobre un marco geopolítico y mercantil. La expansión geográfica permite una mayor acumulación de riquezas que serán redistribuidas y se convierten en activos que estimulan el mercado y la producción de bienes diversos. Se ha escrito que la historia de la filosofía es una nota a pie de página desde Platón. La Historia humana tal vez sea una repetición expansiva de aquella empresa llevada a cabo por cretenses y micénicos, con sus consecuencias que emanan partiendo del poder elitista y se extienden hacia los escalones inferiores del tejido social, en cada expresión colectiva e individual, las cuales vienen a ser, en última instancia, eventos fortuitos pero sancionados o subordinados al poder central. El globalismo actual nos advierte de que entramos en la culminación de los Tiempos que nos ha tocado vivir como seres habitantes de este planeta.

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