Las noticias vuelan, pero menos raudas que el ritmo de los hechos por lo común aceptados. Este año 2009 es una posición que nos enfrenta a una encrucijada visible para cualquier individuo. Los políticos pronuncian frases que amortiguan la inquietud y empiezan a crear un espejismo que - en este momento - es la imagen del becerro de oro que todos quieren preservar. La pregunta es: ¿hasta cuando durará el engaño?. Ese irracional acto de fe que hoy nos piden las élites políticas e ideológicas de nuestro tiempo, como ya especifiqué en otro lugar, supone la misma tragedia que cuando los hombres de la antigua sociedad estamental quisieron, contra toda razón y lógica, mantener en el centro del universo al Dios personal que era causa y justificación del orden jerárquico. Hoy la palabra es "Confianza". Confiar en el milagro de la ingeniería financiera y en una idea fanática: que el crecimiento de nuestro sistema productivo es ilimitado. Vamos a cambiar nuestro tiempo (que es lo mismo que cantar, como hacía Dylan, aquello de los tiempos están cambiando), pero hay y habrá resistencia a aceptarlo. De igual modo parece que casi nadie quiere decirnos con claridad que lo que sucede es que estamos llegando al final de un ciclo histórico. Este cruce nos va a exigir reestructuraciones en distintas esferas del tiempo que vivimos. Ello implicará hechos traumáticos ante los cuales solo podrán sobrevivir y ser dignos de su tiempo los individuos más autónomos y cultivados en el arte de administrar sus capacidades y necesidades según las circunstancias.
Si quieren comprender una parte sustancial de la encrucijada en la que estamos metidos, vean y escuchen esta entrevista al catedrático en estructuras económicas Santiago Niño Becerra, desde la televisión de Catalunya. No fijen su atención en las quinielas y demás pronósticos. Los profetas son inútiles. Fíjense, mejor, en el trasfondo de sus palabras. Es una de las pocas mentes que esta alzando su voz en los medios para decir lo que a la mayoría democrática (la redundancia es intencionada, quede constancia) no le interesa que se diga. Por eso, la entrevista que ahora adjunto no tiene precio.¡Comprended el futuro!. Es decir, el presente:
miércoles, 15 de abril de 2009
domingo, 5 de abril de 2009
La corriente de los siglos: el sueño y la secularización (y II)
En esa transposición del objetivo hacia el que se dirige el esfuerzo humano nos topamos con una expresión principal de la filosofía existencialista. Ver a el hombre arrojado hacia sí mismo significa que confunde su visión con la estructura completa del mundo. La metodología científica y el rastreo del mundo físico emiten señales de alerta. En la física de vanguardia aprendemos que el canal mediante el cual definimos nuestra situación en la totalidad - los sentidos - es un generador de sensaciones traducidas a partir de la Realidad. Una realidad que no existe fuera de los esquemas de comprensión habitualmente utilizados en epistemología. En última instancia, la consciencia, auténtico generador de Imágenes (formas y significados), determina nuestra relación con lo que somos - la comprensión del mundo - y esta sometida a las múltiples operaciones de la Realidad. ¿Cómo podemos pretender la conquista del mundo si solo somos una operación de un flujo que sobrepasa nuestro entendimiento?. Al concentrar toda la energía en el trabajo mundanizado - guiados por las directrices de las élites en cada tiempo y lugar - efectuamos una exploración circular, generando interrogantes frente a la constancia de un terreno vedado. Una vez más, solo obtenemos un proceso acumulativo. ¿Dirección?. ¿Significado?. Sí, los hay, pero tantos como criaturas que nacen cada día. Cada individuo significa un resultado de operaciones incalculables. Imposible, por tanto, aplicar un patrón sistémico que permita la realización de todos ellos en un mismo punto temporal. No existe una moral, una ética, un orden y una aplicación científica válidas para todos nosotros.
Secularización, en su origen etimológico, significa expropiación de bienes eclesiásticos que pasan a formar parte de la estructura de poder laica. El acto jurídico será la potencia ideológica mientras que la institución religiosa y la institución laica plantean - durante siglos - una oposición figurada que simplemente escenifica la tensión entre los dos polos (fósiles) sobre los que surge el sincretismo institucional de la modernidad. La reestructuración jurídica fue la expresión terrenal de la metamorfosis de esa substancia histórica . El objetivo era el mundo desligado de lo divino, pero la sed perfectibilista encauzó el nuevo orden. ¿Fue un desprendimiento de la fuerza originaria (la fe) para dar paso a las capacidades humanas?. No. En todo caso, fue otra forma de concebir y canalizar dichas capacidades. La fe sigue inamovible desde entonces y hasta nuestra época. Ahora se habla de fe en el progreso. Y la idea de progreso constituyó otro aspecto de la violación del orden natural. La naturaleza no progresa, se multiplica y cambia. El humán lo llama evolución, un concepto similar al de progreso. Pero no olvidemos que somos contingencia y presencia en el árbol infinito de la vida, siendo únicamente una rama más dentro de esa multiplicidad biológica. El progreso es una consigna cultural avanzada. Se trata de mejorar las premisas para mejorar nuestra civilización. En consecuencia, conspiramos para abolir la contingencia y la presencia en una posición trivial en el árbol de la vida. Mediante esta escatología (un mundo mejor, un nuevo orden financiero, una nueva respuesta global, un nuevo orden mundial) aceleramos la Historia en contra del tiempo natural, y creamos el tiempo humano. Esta es la Gran Conspiración de cuya existencia muchos dudan, otros la niegan rotundamente, otros la intuyen (quieren intuirla, quieren creer que es verdad) como justificación a sus paranoias, y los más inteligentes la perciben como si ésta fuera una especie de fuerza global y abstracta que rompe cualquier criterio convencional a la hora de construir una explicación coherente sobre ello, lo cual no significa que la Historia encierra un misterio profundo en torno a fuerzas oscuras que operan entre bastidores...
Dios se transmuta en mundo cuantificable y perfectible. Y entonces el humán comienza a relacionarse con su realidad mediante la fe en lo absoluto e ilimitado. El mundo había ocupado el trono de Dios. Sería una blasfemia negarle atributos divinos. Este es el germen del cientificismo, que no es otra cosa que la secularización de la fe cristiana. El cientificismo nos impone un único método de conocimiento y unos tratamientos médicos que, por absolutos, han de ser útiles para todos los individuos sin excepción. Y, también, de la irracional idea de pensar en un crecimiento económico infinito, en contra de los recursos disponibles y de las operaciones pautadas en la naturaleza. Si en la edad media la infinitud de Dios era un atributo consolador frente a nuestro pecado, la modernidad vislumbró la infinitud del mundo y sintió los terrores de Pascal frente al vacío de esos espacios eternos. Veamos cómo lo expresa George Charpak en su libro, del cual es coautor, “Sed sabios, convertios en profetas”:
La invención del anteojo astronómico , al que siguieron los primeros telescopios, iba pronto a zanjar los litigios de la astronomía confirmando la inmensidad del universo. Una auténtica sensación de agorafobia invadió entonces a algunos espíritus, cuya angustia se expresaba muy bien en este breve pensamiento de Pascal: “Me espanta el silencio de esos espacios infinitos”. Nótese que espantar tenía entonces el sentido que damos a “aterrorizar”. Y nótese también que lo que espanta a Pascal es el silencio. No es el físico quien habla, por más que fue él mismo quien demostró la existencia del vacío y que esto siga siendo uno de sus títulos imperecederos de gloria. El vacío es, esencialmente, un lugar de silencio [...].
La cuestión es más profunda aún en el caso de Pascal porque, si no, él hubiera hablado de la causa (el vacío) y no del efecto (el silencio). Lo que quiere decir que es el místico, no el sabio, quien expresa su angustia. Porque, ¿dónde oír la palabra de dios en la inmensidad del vacío?. Poco a poco, esa desmesura del universo será percibida por un creciente número de individuos. Hoy se ha hecho evidente, pues todo el mundo ha podido ver fotos prodigiosas de galaxias y quásares, o los velos de nebulosas proyectadas al vacío por estrellas moribundas, mientras otras estrellas se disponen a nacer.
¿Qué es pues el hombre en el inmenso universo y cómo puede pretender conocerse a sí mismo?. ¿Cómo no reconocer que, desde Copérnico, las religiones y filosofías se pierden en un espacio que se ha hecho demasiado vasto para ellas y que ninguna revelación había dado pie a presentir?. ¿Qué conciencia puede considerarse indemne de esta herida, si no es por encontrarse aletargada a causa de la somnolencia?.
Parece, pues, que en el camino del conocimiento hemos vuelto a tropezar contra los espejismos ( atención a Richard Dawkins) que el humán quiso evitar en la era moderna. Dichos espejismos no son el resultado de un error epistemológico. El silencio aterrador al que se refiere Pascal es la respuesta del universo a la interrogación. No hay respuesta, solo vacío y soledad. Alguien debería ahora escribir un libro divulgativo que bien podría tener como título “ El espejismo del mundo”. Sería un libro tan aterrador que solo las mentes muy preparadas podrían sobrevivir a su lectura. ¿Quién es capaz de mirar a su alrededor, comprender los mecanismos de la Gran Maquinaria alimentada por todos nosotros por causa de nuestra ceguera, darse cuenta del fraude que nos gobierna y asumir la percepción mística de Pascal sin desmoralizarse y dar fin inmediato a su vida?. Esa es una posición a la que se acerca - y mira con temor - el humán situado en la encrucijada de los tiempos.
*Base bibliográfica: Die Legitimität der Neuzeit (La legitimación de la edad moderna), Hans Blumenberg. Ed: Pre-textos.
Secularización, en su origen etimológico, significa expropiación de bienes eclesiásticos que pasan a formar parte de la estructura de poder laica. El acto jurídico será la potencia ideológica mientras que la institución religiosa y la institución laica plantean - durante siglos - una oposición figurada que simplemente escenifica la tensión entre los dos polos (fósiles) sobre los que surge el sincretismo institucional de la modernidad. La reestructuración jurídica fue la expresión terrenal de la metamorfosis de esa substancia histórica . El objetivo era el mundo desligado de lo divino, pero la sed perfectibilista encauzó el nuevo orden. ¿Fue un desprendimiento de la fuerza originaria (la fe) para dar paso a las capacidades humanas?. No. En todo caso, fue otra forma de concebir y canalizar dichas capacidades. La fe sigue inamovible desde entonces y hasta nuestra época. Ahora se habla de fe en el progreso. Y la idea de progreso constituyó otro aspecto de la violación del orden natural. La naturaleza no progresa, se multiplica y cambia. El humán lo llama evolución, un concepto similar al de progreso. Pero no olvidemos que somos contingencia y presencia en el árbol infinito de la vida, siendo únicamente una rama más dentro de esa multiplicidad biológica. El progreso es una consigna cultural avanzada. Se trata de mejorar las premisas para mejorar nuestra civilización. En consecuencia, conspiramos para abolir la contingencia y la presencia en una posición trivial en el árbol de la vida. Mediante esta escatología (un mundo mejor, un nuevo orden financiero, una nueva respuesta global, un nuevo orden mundial) aceleramos la Historia en contra del tiempo natural, y creamos el tiempo humano. Esta es la Gran Conspiración de cuya existencia muchos dudan, otros la niegan rotundamente, otros la intuyen (quieren intuirla, quieren creer que es verdad) como justificación a sus paranoias, y los más inteligentes la perciben como si ésta fuera una especie de fuerza global y abstracta que rompe cualquier criterio convencional a la hora de construir una explicación coherente sobre ello, lo cual no significa que la Historia encierra un misterio profundo en torno a fuerzas oscuras que operan entre bastidores...
Dios se transmuta en mundo cuantificable y perfectible. Y entonces el humán comienza a relacionarse con su realidad mediante la fe en lo absoluto e ilimitado. El mundo había ocupado el trono de Dios. Sería una blasfemia negarle atributos divinos. Este es el germen del cientificismo, que no es otra cosa que la secularización de la fe cristiana. El cientificismo nos impone un único método de conocimiento y unos tratamientos médicos que, por absolutos, han de ser útiles para todos los individuos sin excepción. Y, también, de la irracional idea de pensar en un crecimiento económico infinito, en contra de los recursos disponibles y de las operaciones pautadas en la naturaleza. Si en la edad media la infinitud de Dios era un atributo consolador frente a nuestro pecado, la modernidad vislumbró la infinitud del mundo y sintió los terrores de Pascal frente al vacío de esos espacios eternos. Veamos cómo lo expresa George Charpak en su libro, del cual es coautor, “Sed sabios, convertios en profetas”:
La invención del anteojo astronómico , al que siguieron los primeros telescopios, iba pronto a zanjar los litigios de la astronomía confirmando la inmensidad del universo. Una auténtica sensación de agorafobia invadió entonces a algunos espíritus, cuya angustia se expresaba muy bien en este breve pensamiento de Pascal: “Me espanta el silencio de esos espacios infinitos”. Nótese que espantar tenía entonces el sentido que damos a “aterrorizar”. Y nótese también que lo que espanta a Pascal es el silencio. No es el físico quien habla, por más que fue él mismo quien demostró la existencia del vacío y que esto siga siendo uno de sus títulos imperecederos de gloria. El vacío es, esencialmente, un lugar de silencio [...].
La cuestión es más profunda aún en el caso de Pascal porque, si no, él hubiera hablado de la causa (el vacío) y no del efecto (el silencio). Lo que quiere decir que es el místico, no el sabio, quien expresa su angustia. Porque, ¿dónde oír la palabra de dios en la inmensidad del vacío?. Poco a poco, esa desmesura del universo será percibida por un creciente número de individuos. Hoy se ha hecho evidente, pues todo el mundo ha podido ver fotos prodigiosas de galaxias y quásares, o los velos de nebulosas proyectadas al vacío por estrellas moribundas, mientras otras estrellas se disponen a nacer.
¿Qué es pues el hombre en el inmenso universo y cómo puede pretender conocerse a sí mismo?. ¿Cómo no reconocer que, desde Copérnico, las religiones y filosofías se pierden en un espacio que se ha hecho demasiado vasto para ellas y que ninguna revelación había dado pie a presentir?. ¿Qué conciencia puede considerarse indemne de esta herida, si no es por encontrarse aletargada a causa de la somnolencia?.
Parece, pues, que en el camino del conocimiento hemos vuelto a tropezar contra los espejismos ( atención a Richard Dawkins) que el humán quiso evitar en la era moderna. Dichos espejismos no son el resultado de un error epistemológico. El silencio aterrador al que se refiere Pascal es la respuesta del universo a la interrogación. No hay respuesta, solo vacío y soledad. Alguien debería ahora escribir un libro divulgativo que bien podría tener como título “ El espejismo del mundo”. Sería un libro tan aterrador que solo las mentes muy preparadas podrían sobrevivir a su lectura. ¿Quién es capaz de mirar a su alrededor, comprender los mecanismos de la Gran Maquinaria alimentada por todos nosotros por causa de nuestra ceguera, darse cuenta del fraude que nos gobierna y asumir la percepción mística de Pascal sin desmoralizarse y dar fin inmediato a su vida?. Esa es una posición a la que se acerca - y mira con temor - el humán situado en la encrucijada de los tiempos.
*Base bibliográfica: Die Legitimität der Neuzeit (La legitimación de la edad moderna), Hans Blumenberg. Ed: Pre-textos.
viernes, 6 de marzo de 2009
La corriente de los siglos: el sueño y la secularización (I)
Siguiendo a Hans Blumenberg, podemos entender la secularización de la edad moderna como si se tratase de una turbulencia psíquica colectiva cuyos rasgos principales identificamos en la transposición del ímpetu perfectibilista inspirado en la divinidad transcendente, hacia las potencias del mundo material que son gobernadas por la ingeniería del humán. El valor programático de la secularización especifica el espacio-tiempo de un valor estratégico que bulle en la sangre de la raza humana desde el nacimiento de su autoconciencia. El núcleo de nuestras células guarda el secreto de aquellas primeras edades - que se extienden a lo largo de milenios prehistóricos - en las cuales el miedo a un entorno hostil comenzó a perfilar las estrategias que con el curso del tiempo han adquirido la susodicha pulsación programática. Todas las especies animales reaccionan ante los peligros del entorno mediante procesos adaptativos y - aquellas especies dotadas de una capacidad neurosensorial más desarrollada - utilizando estrategias primarias, las cuales son ejecutadas, precisamente, por los primates. El ser humano es el único que puede reaccionar con una modificación substancial aplicada a su entorno físico interrelacionada con las correspondientes metamorfosis en sus esquemas psicológicos. Cuando el humán construyó los primeros templos para el culto sagrado no solo materializó la imaginación de un nuevo objeto, sino que en su mente operaba una nueva forma de entender, congraciar y establecer su relación con el mundo. Si admitimos que la estrategia secularizadora esta animada por un pathos teológico, entonces podemos reconocer la carrera humana por superar el orden natural como la substancia inmanente que regula la existencia temporal de la especie en su conjunto. Sea el objetivo la comunión con una divinidad transcendente o el gobierno sobre un orden material inmanente, la pulsación siempre nos lleva a superar el patrón conductual que rige la vida de las demás especies animales y vegetales, las cuales siguen las pautas instintivas contenidas en sus respectivos códigos genéticos (pura mecánica basada en la interacción entre estímulos físicos que configuran una protointeligencia). ¿Qué es y qué hace el ser humano de este modo situado en y más allá de la naturaleza?. En una primera - y quizá algo simple - apreciación, constituye un significado teleológico cuyos preceptos siguen un camino bidireccional que en cualquier caso concluye en la sustancia perenne; la humanidad camina hacia la salvación por la comunión con Dios, más las estructuras ideológicas de orden tradicional, y/o la humanidad camina hacia la salvación por su conocimiento y control sobre el mundo natural, más las estructuras ideológicas de orden secular que se derivan de ello. Atender a la revelación y los misterios de Dios y/o descifrar y conocer las leyes de la naturaleza. En ambos casos, subyace la idea de un orden perfectible sobre el cual diseñamos el sueño a fuerza de inventar al Dios único o de sublimar el inmediato orden natural. Podemos dirigir el esfuerzo hacia el mundo celeste o hacia la materia, siempre intentando escapar de nuestra condición por causa de nuestra condición misma. Reitero una cuestión planteada en un texto anterior: ¿por qué la naturaleza ha creado a una especie biológica cuyo atributo intrínseco es ser naturaleza y, al mismo tiempo, no puede evitar esa carrera hacia la transcendencia, justificada (o no) en criterios intelectuales, éticos, espirituales y morales, articulados mediante instituciones, ya sean laicas, religiosas, políticas?. ¿Cómo es posible que un juego de azar dé un resultado de consecuencias tan terribles?.
El perfectibilismo, efecto responsable de esta dolorosa contradicción, es elemento clave en la cohesión colectiva de nuestra especie desde sus mismos orígenes, siempre y cuando no vayamos a discutir que el humán es un ser social. Hasta la institución del cristianismo, el sueño perfectibilista tuvo múltiples expresiones clandestinas en las diversas sociedades secretas que aprehendieron el rito iniciático para el conocimiento de los administradores del culto divino, los cuales ejercían el control de las masas mediante el espectáculo exotérico. A falta de una democratización a todos los niveles, el verdadero conocimiento -entiéndase, el programa ideológico que inspiraba a las élites - permanecía oculto. Estas edades históricas nos revelan al perfectibilismo en estado latente, el cual encontrará su apertura con la literatura evangélica, en la que el Nazareno predicador reivindica un conocimiento para los humildes, es decir, para todo el pueblo, y aquí hallamos un precedente de la universalización de la democracia. Sed perfectos como lo es vuestro Padre en los cielos... Posteriormente, la Iglesia católica acuñó la ensoñación de forma definitiva y concentró todo el poder ideológico en un arquetipo (Jesucristo) que, como tal, tiene implicaciones esotéricas y exotéricas, un instrumento idóneo para seguir promulgando el gran deseo de la especie a escala global. Aunque este no es el momento de presentar la tesis sobre la enorme relevancia de las sociedades secretas en la Historia, cabe ahora indicar que, dado que estas poseen la influencia social y ideológica desde tiempos remotos, y el conocimiento y uso efectivo de los símbolos, son las que han insuflado el curso idealista de las civilizaciones, en pos de ese sueño perfectibilista que de forma más o menos subliminal ha impregnado las mentes de todos los individuos, ya sea por implicación activa en el proceso o por resistencia pasiva frente a la corriente de los siglos.
Como hemos visto, la imperecedera substancia que cree en la perfectibilidad del mundo humano fluctúa mirando al cielo y a la tierra, sin que haya que comprender el proceso como algo unívoco, sino más bien desplegándose en función de los parámetros socioeconómicos y de la deriva ideológica del momento. La edad moderna fija su esperanza en las potencias del mundo terrenal, pero no olvida los sueños celestes; traducidos a los recursos mundanos, reaparecen en el desarrollo de la carrera espacial. El cristianismo promulgaba un trabajo espiritual en la tierra que nos hiciera dignos de la redención celeste. Hombres que se asocian, comparten un proyecto y un rito sacramental y salen a los caminos para curar a enfermos y consolar a los dolientes en la promesa de la salvación. En el cristianismo confluyen las corrientes del cielo y de la tierra, produciéndose una legitimación recíproca de los dos polos entre los cuales transcurre dicha fluctuación. Pero la secularización negaba la vida en el “mas allá” celestial, y concentraba la energía en el trabajo mundanizado. Ello supone, más que una ruptura en el ritmo del flujo, una simplificación de la vida en la tierra, la vida “mundanizada“. Desaparecida la extensión noosférica de la transcendencia (aquella que canalizaba el deseo de superación hacia la Imagen de la redención por el trabajo en la tierra) había que buscar a ese elemento nuclear de superación (llámese Dios, Paraíso, Idea, Potencia, la conquista del espacio, los derechos humanos universales...) en los entresijos de la materia, donde solo encontraron procesos acumulativos (incrementos tecnológicos, comodidades domésticas, etc), sin una progresión clara hacia el fin perseguido, porque dicho fin probablemente no existe.
[continúa...]
*Base bibliográfica: Die Legitimität der Neuzeit (La legitimación de la edad moderna), Hans Blumenberg. Ed: Pre-textos.
El perfectibilismo, efecto responsable de esta dolorosa contradicción, es elemento clave en la cohesión colectiva de nuestra especie desde sus mismos orígenes, siempre y cuando no vayamos a discutir que el humán es un ser social. Hasta la institución del cristianismo, el sueño perfectibilista tuvo múltiples expresiones clandestinas en las diversas sociedades secretas que aprehendieron el rito iniciático para el conocimiento de los administradores del culto divino, los cuales ejercían el control de las masas mediante el espectáculo exotérico. A falta de una democratización a todos los niveles, el verdadero conocimiento -entiéndase, el programa ideológico que inspiraba a las élites - permanecía oculto. Estas edades históricas nos revelan al perfectibilismo en estado latente, el cual encontrará su apertura con la literatura evangélica, en la que el Nazareno predicador reivindica un conocimiento para los humildes, es decir, para todo el pueblo, y aquí hallamos un precedente de la universalización de la democracia. Sed perfectos como lo es vuestro Padre en los cielos... Posteriormente, la Iglesia católica acuñó la ensoñación de forma definitiva y concentró todo el poder ideológico en un arquetipo (Jesucristo) que, como tal, tiene implicaciones esotéricas y exotéricas, un instrumento idóneo para seguir promulgando el gran deseo de la especie a escala global. Aunque este no es el momento de presentar la tesis sobre la enorme relevancia de las sociedades secretas en la Historia, cabe ahora indicar que, dado que estas poseen la influencia social y ideológica desde tiempos remotos, y el conocimiento y uso efectivo de los símbolos, son las que han insuflado el curso idealista de las civilizaciones, en pos de ese sueño perfectibilista que de forma más o menos subliminal ha impregnado las mentes de todos los individuos, ya sea por implicación activa en el proceso o por resistencia pasiva frente a la corriente de los siglos.
Como hemos visto, la imperecedera substancia que cree en la perfectibilidad del mundo humano fluctúa mirando al cielo y a la tierra, sin que haya que comprender el proceso como algo unívoco, sino más bien desplegándose en función de los parámetros socioeconómicos y de la deriva ideológica del momento. La edad moderna fija su esperanza en las potencias del mundo terrenal, pero no olvida los sueños celestes; traducidos a los recursos mundanos, reaparecen en el desarrollo de la carrera espacial. El cristianismo promulgaba un trabajo espiritual en la tierra que nos hiciera dignos de la redención celeste. Hombres que se asocian, comparten un proyecto y un rito sacramental y salen a los caminos para curar a enfermos y consolar a los dolientes en la promesa de la salvación. En el cristianismo confluyen las corrientes del cielo y de la tierra, produciéndose una legitimación recíproca de los dos polos entre los cuales transcurre dicha fluctuación. Pero la secularización negaba la vida en el “mas allá” celestial, y concentraba la energía en el trabajo mundanizado. Ello supone, más que una ruptura en el ritmo del flujo, una simplificación de la vida en la tierra, la vida “mundanizada“. Desaparecida la extensión noosférica de la transcendencia (aquella que canalizaba el deseo de superación hacia la Imagen de la redención por el trabajo en la tierra) había que buscar a ese elemento nuclear de superación (llámese Dios, Paraíso, Idea, Potencia, la conquista del espacio, los derechos humanos universales...) en los entresijos de la materia, donde solo encontraron procesos acumulativos (incrementos tecnológicos, comodidades domésticas, etc), sin una progresión clara hacia el fin perseguido, porque dicho fin probablemente no existe.
[continúa...]
*Base bibliográfica: Die Legitimität der Neuzeit (La legitimación de la edad moderna), Hans Blumenberg. Ed: Pre-textos.
viernes, 27 de febrero de 2009
Cielo e Infierno en Wall Street

Cuando decimos que el sentimiento religioso es consustancial al ser humano indicamos una de las líneas que con mayor fuerza ha evidenciado la tendencia hacia la abstracción de nuestra actitud ante el cosmos del que formamos parte. Los dioses locales y particulares de la era pagana eran el resultado de la abstracción operada por grupos de iniciados o colectivos - más o menos legitimados en la organización de tribus, jefaturas o ciudades-estado - que establecían un orden espiritual conectado con la historicidad del humán inserido en un medio concreto, silvestre y urbano. La particularidad deviene en un conjunto de símbolos que simplemente identifican la Historia local. Aquellos sacerdotes que poseían la administración del culto dictaban, en cierto modo, la esencia colectiva y el corpus de actitudes y preceptos sociales. No olvidemos que el panteón es un lenguaje que clarifica la relación de la divinidad de la especie humana ( origen de las consignas culturales avanzadas) con su entorno idealizado ( lo cual incluye la modificación del medio-ambiente). Las creencias , consecuentemente, mantienen una seguridad de control y relación con el mundo. La problemática de la diversidad a todos los niveles del ser humano impone la necesidad de localizar todas las posibles imágenes arquetípicas y símbolos en el contexto que las ha originado. Cuando un mito local pretende imponerse a una mayor extensión geopolítica que aquella que posee los rasgos socioambientales propiciadores de su génesis, comienza la afectación totalitaria de las civilizaciones, lo cual degenera en una fosilización de la metáfora, ahora excluyente y abocada a la fe dogmática, diferenciada de la razón panteísta anterior que sintetizaba una concreción del mundo (las diversas manifestaciones de la naturaleza) en un símbolo, al igual que la física y la matemática contemporáneas utilizan la razón de los números como representación del posible funcionamiento de las leyes de la naturaleza. La asunción totalitaria del cristianismo supuso un monopolio de toda esa arcaica diversidad estructural, sintetizado en la imagen del Hombre-Dios redentor, icono imprescindible del perfectibilismo. Cuando comenzaron los primeros movimientos ilustrados, la universalización dogmática de la especie ya era un programa enraizado en las principales instancias del pensamiento europeo. La secularización implicaba abandonar la autoridad del dogma religioso y sustituirla por otra autoridad que siguiera con el proyecto de alcanzar la edad dorada. Los revolucionarios del siglo XVIII adoraban a la diosa razón, quisieron implementar un calendario pagano como fuerza antitética al calendario gregoriano. Solo era una transposición de imágenes exotéricas, la misma substancia inmanente permanecía: una energía totalitaria (la idea de que el ser humano y su civilización es perfectible y puede llevarse a cabo con un régimen de validez universal) que pretendidamente puede llevar a la especie humana hacia las más altas cotas de progreso, conocimiento y bienestar. La supuesta aplicación universal obliga a abstraer de las herramientas en las que depositó su fe la era ilustrada (razón crítica, método científico, mundanización de lo sagrado) un orden común divinizado; la redención a través de la Razón, la Libertad, el Progreso, la Igualdad. La mundanización del espíritu del tiempo humano fijó la realización de las necesidades en el orden terrenal. La burguesía ascendió en su carrera industrial y sus valores se convirtieron en modélicos para la forja de criterios materiales. Esta burguesía emprendedora (con Andrew Carnegie y John D. Rockefeller como dos de sus principales heraldos) tradujo el ideal totalitarista de raíz judeocristiana a una recia estructura productiva - mediante los trusts - que concentraban la generación de riqueza material y que ahora podemos identificarla en las compañías multinacionales. Visionarios como Rockefeller y Carnegie creían que el mundo podía elevarse a un estado superior con las fuerzas del libre mercado. De aquí surgió otra abstracción igualmente dañina: el dinero virtual, es decir, separado de los verdaderos valores de esfuerzo y creación de riqueza mediante un sistema que atiende a los recursos reales del mundo terrenal y a la sinergia esfuerzo-cantidad-valor-producción regulada por demandas inmediatas. Una razón coherente con la existencia de una sociedad determinada fue violada por aquellos que quisieron crear riqueza de la nada, e incluso crear falsas necesidades que respalden al dinero virtual, constituyendo una sofisticada operación demiúrgica. Construyamos un becerro de oro, y adorémosle...
Y con esto llegamos hasta Wall Street y el orden financiero internacional de nuestros días. El ser humano sigue con la necesidad de controlar los sistemas por él creados para poder sentir que controla el mundo, empujado de forma irracional hacia la fe cuyo origen ya conocemos. No hay mayor ejemplo palpable y actual de la irracionalidad que sostiene a nuestro sistema de riqueza material que los movimientos bursátiles y las algarabías colectivas de esperanza y frustración que vemos en el interior del templo de las finanzas. Los ascensos y descensos (cielo e infierno) de la humanidad mundanizada expresados con el lenguaje del verde y el rojo que aparece en el altar de las cifras. En los medios se lee y se dice sin cesar que todo - la misma solución a la crisis - es una cuestión de confianza. Cuando se habla de confianza están introduciendo un bochornoso eufemismo para disimular la inconsistencia de ese sistema de organización material, del cual depende la estabilidad de la sociedad del bienestar. La palabra exacta es FE religiosa en sentido totalitario, cuyo vástago, la “sociedad del bienestar”, es también el imperialismo más sutil llevado a cabo en toda la Historia, ya que se arroga el derecho a definir las necesidades de todos los individuos ( y, por tanto, determinar el valor de cada individuo), y en consecuencia aplica un sistema de criterios reducido a una ideación simplificada en torno a lo que debería ser el "progreso" o la "calidad de vida", como si aquellos tuvieran una contrastada efectividad universal. O sea, el mismo error de siempre, sometido a variaciones en sus nombres y en las formas. Las creencias siguen manteniendo una sensación de seguridad respecto al funcionamiento del mundo, lo vemos cada día tras los muros de Wall Street.
¿Y cómo es posible que un sistema basado en la nada, tan evidentemente irracional, vulnerable a la infiltración de la usura y la especulación, siga teniendo el respaldo de gran parte de la población, de políticos y de teóricos de la economía?. Los hombres en la baja edad media no querían renunciar a sus creencias en la vida del más allá por una cuestión de estabilidad psicológica (y espiritual, por ende). Si la población acepta que el sistema financiero se sostiene en una entelequia (o en una estafa, si me apuran), ahora no solo es una cuestión de seguridad psicológica, sino de derrumbe de las bases del “bienestar”, ya que en nuestro tiempo hemos definido la dignidad humana y su posición en el flujo vital mediante la tenencia de valores materiales.
sábado, 21 de febrero de 2009
¿Hacia la eclosión del perfectibilismo?

La Historia se ha sostenido en un orden de acción cíclica. Los tiempos de la humanidad brotan con las sucesivas generaciones y siguen unas pautas marcadas por incesantes conflictos. Desde su génesis biológica, la conciencia del humán cobró la forma y el hálito de la criatura silvestre en pugna contra un caos que seguía su propio curso; la naturaleza es refugio y campo de batalla. El ser humano, siendo parte de ese tejido vital, percibió la dualidad definida en su integración con los ritmos de la naturaleza frente a su potencial transformador. La batalla por vivir en el mundo dio paso a una batalla contra el mundo. Empezó a sustituir la caótica armonía del curso natural - su paraíso edénico, la aceptación terrenal de la existencia - por un nuevo orden surgido de su creatividad, de origen demiúrgico. La creación nació como tal, y el tiempo de la naturaleza se convirtió en el tiempo humano, el tiempo de Dios. La dolorosa ensoñación de los milenios. A partir de aquella inflexión prehistórica, comienza el permanente intento de crear un nuevo orden que pretende alcanzar su realización a escala global en este siglo XXI. Efectivamente, la culminación de un tiempo. Por tanto, la historia es una conspiración del tiempo humano. Un potencial que sigue el cauce de las necesidades latentes en la especie humana. ¿Hasta dónde puede llegar el azaroso baile que incluso permitió la mutación de un ser que necesita ser algo que no es?. Son los “errores” de la naturaleza en constante experimentación. En última instancia, abandonó el paraíso terrenal y entró en el mundo celestial de las consignas culturales avanzadas. No solo ingenio para obtener alimento y protegerse de la aspereza del ambiente, sino una ingeniería para el alma. Técnicas y modelados agrícolas, ropajes con finalidad estética, agrupamientos comunitarios que ensayaban un primer boceto de fraternidad universal, ritos que respondían a la necesidad de gobernar el entorno, no ya de ser simplemente parte de él. La “revolución” neolítica pautaba los primeros peldaños hacia el reino de los cielos. A imitación del hermoso sueño contenido en su alma, el ser humano configuraba el entorno físico dándole forma y significado trascendente ante su mirada. Las divinidades personificaban a los fenómenos de la naturaleza, que es equivalente a señalar a la naturaleza como imagen divinizada mediante esa nueva ingeniería para el alma. En medio de todo el proceso, el ser humano descubrió un modo de relación íntima con su diverso entorno. Bautizó a la naturaleza en una exigencia de recíproca pleitesía. Quizá la mayor revolución de la Historia sea la abstracción radical. En la era pagana los dioses eran la imagen del mundo en función de una diversidad natural y psicológica, a nivel individual y colectivo, siempre en relación con la necesidad de forjar un mundo trascendente, pero sobre la base del flujo inmanente, de signos y objetos concretos que encienden la llama de la necesidad. Cada fenómeno era un aliado que guiaba al humán en su profundización creativa con su entorno. El panteón mitológico formaba parte, digamos, de un código lingüístico que permitía la sintonización entre el sueño humano y los fenómenos concretos que lo impulsan, relacionado con la capacidad metafórica.
Con la llegada del cristianismo, se rompen todas las conexiones con el flujo natural y el sueño humano relega todo su potencial y su responsabilidad en la idea de un único Dios trascendente en un proyecto de redención universal. Dicho proyecto se encauza con axiomas teológicos que convergen hacia la abstracción absoluta; las consignas culturales de los agrupamientos humanos ya no pueden ir trazando el camino según las necesidades de la época, la sociedad y los hombres concretos en dificultades específicas. Todo queda subordinado a la abstracción del Dios que nos guía hacia su reino celestial, en una Historia predeterminada y con un final inevitable. El humán se autoimpone la tarea de imitar la perfección de Dios en un proceso unívoco. Olvida lo substancial de su historicidad caracterizado por los movimientos cíclicos y la experienciación de contradicciones y opuestos en perpetuo baile de sinergias y entonces la idea de paraíso celestial se convierte en ideología totalitaria. Aquí empezó la alienación del ser humano por causa de esa búsqueda de reglas morales y espirituales de aplicación universal que tuvieran, además, una vertebración de unidad política. En expresión coloquial, digamos que la civilización grecolatina quiso solucionar el problema con un mazazo autoritario, sustituyendo, a grandes rasgos, la ingeniería secular por la fe teológica. Tanto en un caso como en otro, vemos a lo largo de la Historia a la corriente perfectibilista - que tuvo una formulación popularizada y concreta en la clandestinidad de aquél grupúsculo de Baviera, a finales del siglo XVIII - intentando forzar una metamorfosis del estado natural de la civilización en su camino hacia un Gobierno Mundial Totalitario. Posiblemente, el razonamiento abstracto creó la gran tragedia de la Historia moderna.
“Misa negra”, de John Gray, es uno de los libros de actualidad que hay que leer sin demora. A destacar sobre todo su precisión a la hora de detallar ese movimiento perfectibilista a través de la historia postpagana y hasta nuestros días. La metamorfosis secular supuso una furiosa subversión de una tradición espiritual de raigambre gnóstico-judaica (oriental, sin tapujos) cuyos elementos nucleares fueron revalorizados según las necesidades de la emergente sociedad occidental en la baja edad media que finalmente eclosiona con los movimientos ilustrados. Tanto la derecha como la izquierda son herederas y continuadoras del cristianismo, aunque fue la segunda la que instituyó por vía revolucionaria las claves de nuestro presente institucional. En origen, la derecha representaba ese principio de realidad sostenido en la validez de la tradición cristiana que aglutinó en su corpus ideológico valores de tradición pagana junto a los dogmas judeocristianos. La discontinuidad abrupta no existe en la Historia, ni en el plano político ni en el ideológico. Mucho hay de paganismo y cristianismo en la derecha y mucho hay de paganismo y cristianismo en la izquierda. La corriente cíclica ascendente ha integrado los diversos resortes de la Historia y el perfectibilismo es su factor común. Existe una universalidad subyacente a todas nuestras instituciones que tiene su origen en ese necesidad innata del ser humano en su afán de buscar la perfección y la armonía. No voy a descartar la posibilidad de que el mundo humano sea perfectible en un sentido global y más allá del conocimiento acumulativo. En cualquier caso, si existe un camino, parece que estamos errando el modo de recorrerlo. John Gray lo explica muy bien en su libro. Se equivoca, no obstante, en su apuesta por la inmediata muerte de la utopía. Demasiado optimista en ese sentido. El sueño humano es imparable, hasta su autodestrucción o hasta que consiga elevarse hacia las estrellas, si tal posibilidad fuese factible. La utopía solo podría morir cuando se produzca la eclosión al final del camino errado: un Gobierno Mundial Totalitario. El proceso ya esta en marcha, y para verificarlo no es necesario acudir a los teóricos de la conspiración ni a pseudo-documentales como "Zeitgeist". Espero que mi exposición haya sido lo suficientemente clara como para que no quepa duda sobre ello.
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Iluminaciones en el Fin de nuestro Tiempo
domingo, 15 de febrero de 2009
La duda

En la encrucijada de los tiempos, muchos hombres solitarios salen a la luz del camino y encuentran a otros hombres que sueñan con la ascensión hacia las estrellas o con el dominio de la tierra de la que tal vez nunca podamos escapar. Una tierra de tiempo y alma. Surge la necesidad de iniciar una investigación sobre la civilización humana, sus actos colectivos e individuales y sus manifestaciones culturales más significativas en función del viento que corre por los cuatro horizontes. Quedarse en medio de caminos dispares supone un riesgo de equidistancia e inexactitud. Pero, ciertamente, la Historia no es una ciencia exacta, y ahora se trata de contemplar al género humano en un reflejo de intimidad. Es el espejo que no tiene perspectiva ni fondo, porque la profundidad del fenómeno estudiado conlleva la misma indeterminación que la profundidad de un poema. Si este ensayo va a ser un ensayo sobre Historia y Cultura Humana, bucearemos sobre la base del método y los datos de la historiografía, pero sin olvidar nunca que la vida del humán se define en una construcción de significados subjetivos, códigos culturales y movimientos de la conciencia en permanente búsqueda de conocimientos. La Historia la hace (la piensa) el historiador cuando organiza los datos que, en última instancia, componen una épica de la especie humana. Quiero, por tanto, compatibilizar la historia estadística, geográfica y estructural con la Historia narrativa, aquella que busca la esencia subyacente y que sintetiza el significado de nuestra civilización y de su plan establecido en nuestro hermoso planeta azul.
Mi encrucijada se refiere a lo ideológico tanto como a la experiencia cotidiana de alguien que vive inmerso, muy a su pesar, en esta nuestra sociedad. Parece que estamos entrando en una época de grandes cambios - sensación ratificada de partida por la actual crisis económica, la cual en realidad se trata de una crisis sistémica cuyo desenlace nadie puede vislumbrar - y que muchos presupuestos comienzan a entrar en la neblina de la duda. La duda es un cáncer para el conocimiento, pero la situación actual nos arrastra sin remedio hasta ella. Se habla del fin del capitalismo, del declive del imperio estadounidense, del auge de la anarquía nihilista o de un posible nuevo orden económico y político al que los teóricos de la conspiración llevan mucho tiempo temiendo y bautizándolo con la invocación del Nuevo Orden Mundial. En estos momentos de volatilidad a distintos niveles, el escepticismo y la razón sencilla es buen arma contra los rumores sensacionalistas que infectan toda la red y que están infectando peligrosamente a una parte considerable de la opinión pública. Por ejemplo, encuestas recientes revelan que cerca del 40% de la población norteamericana cree que los atentados del 11 de septiembre del 2001 fueron una conspiración interna.
La Historia es una conspiración del tiempo humano. Desde esta posición, no estoy en contra de las teorías de la conspiración. Se conoce y se ha constatado que en las profundidades del ser humano existe la suficiente maldad e inteligencia como para llevarlas a cabo. En consecuencia, afirmo que la conspiración es una idea clave para comprender el desarrollo histórico. Aunque, eso sí, por conceptos, intereses y mecanismos diferenciados en algún - o en muchos - aspectos de la perorata sensacionalista que vemos en la corriente conspiranoica. El documental Zeitgeist, the movie ha perturbado a muchas mentes, incluso parece que dará pie a un movimiento social de carácter revolucionario. Dejando aparte las tergiversaciones y el escaso rigor con el que aborda sus distintas temáticas, Zeitgeist señala hacia un sentir colectivo en relación a la situación del mundo en el albor del siglo XXI; puesta en duda del conjunto de supuestos religiosos, económicos, sociales y políticos en el marco de una nueva era anunciada por el presidente Barack Obama durante el discurso de su investidura. Ese es, a pesar de todo, el espíritu de nuestro tiempo. Zeitgeist tergiversa y manipula en los datos, pero acierta en la expresión de una inquietud colectiva que produce un demonio imaginario en la Historia contemporánea: la gran conspiración de los banqueros internacionales. Esto, en todo caso, es anecdótico e induce el mismo placer que cuando uno lee una novela de terror. Lo que importa es que Zeitgeist es un síntoma de nuestro tiempo y que no se precisa de un complot concreto y organizado para verificar la Gran Conspiración que subyace en la marcha de eso que llamamos occidente, tecnología y progreso.
Encrucijada de tiempos y de posibilidades. Este ensayo bebe de todas las manifestaciones culturales y de la misma teoría de la conspiración como barniz abstracto aplicado a la historiografía más rigurosa. Estamos ante el espejo múltiple que mira al pasado y al futuro en un mar de incógnitas. Lo que en principio eran dudas, se volvieron certezas. Poco a poco iremos descubriendo el error humano y su papel en ese tiempo con alma, o el alma humana atrapada en un círculo temporal del que quiere - y tal vez no puede - liberarse. Por eso, desde finales del siglo XVIII la corriente perfectibilista ha avanzado veloz y despiadada, y quizá desde ahora, año 2009, y a lo largo de los próximos diez o veinte años aproximados, veamos la culminación de un proceso. El objetivo último de la historiografía es comprender al ser humano y a las civilizaciones por él creadas. Es pararse a pensar en los interrogantes de siempre: ¿De dónde? ¿Por qué?¿Hacia dónde?. Y no hallar respuestas porque sencillamente somos un fenómeno contingente. Pero, finalmente, puedo asegurar que la sociedad actual esta asentada sobre un terrible error, como espero poder explicar en el desarrollo de éste trabajo. Empecemos a dudar y esto nos llevará a saber. Y repito que no me gusta la duda.
Nos quedamos en esa soledad del centro indefinido ante caminos y cambios impredecibles. La senda concluirá exactamente allí donde me permitan estos tiempos implacables.
sábado, 14 de febrero de 2009
Introducción alegórica
Antes de que existiera la visión de los cielos, cuando los dioses todavía no tenían nombre porque no existían seres que pudieran pronunciarlo, el baile de energía cósmica buscó su refugio en la finitud del sueño mortal. El Dios de todos los espacios desplegó innúmeras legiones de unidades de conciencia que esparcían la aventura a través de los mundos fenoménicos. Muchas de estas unidades vivían y morían con sus imperfecciones y el pensamiento dirigido a la matriz original, en su intención unicamente lúdica. La separación, el dolor y el sufrimiento formaban parte esencial de la aventura. Pero hubo rebeliones. Y el Dios quiso expandir los límites del juego. Permitió que el secreto emergiera en aquellos mundos capacitados para la trascendencia. Mundos que, guiados por la iniciación de un puñado de seres, comenzaron a soñar con eliminar las diferencias, suprimir sus inherentes contradicciones, y volver a la unidad prístina en medio del sueño mortal. Rompieron las reglas y aquellos mundos conocieron el mayor sufrimiento. Y fueron, no obstante, las primeras civilizaciones que abrieron una puerta hacia las estrellas del espacio exterior y hacia una posible metamorfosis en sus abismos interiores.
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